
Poco he tardado en salirme de mi sacrosanta lista, que espero retomar en cuanto la fiebre por saber la verdad de la Guerra Civil (que me acomete cada año y medio, aproximadamente, sin que logre nunca sacar nada en claro) me dé tregua.
He leído con verdadero placer algunas de las mejores obras literarias a decir de entendidos, entre ellas clásico rusos como Crimen y castigo, Anna karénina, Los hermanos karámazov, y grandes escritos del siglo veinte producidos por autores de la talla de Truman Capote, Mishima o el mismo Borges (... creo que dejaré mis observaciones acerca de Borges para otro post, porque tienen miga). Pero finalmente Joyce ha podido conmigo. Aunque creí que después de tragarme enterito " El nombre de la rosa" sería capaz de leer cualquier cosa, el Ulises ha resultado un bodrio tal que ni por todo el oro del mundo he aguantado despierto más allá de la página 25. En fin, quizá soy un pez demasiado chiquito para tamaño bocado...
Esta mañana, tras arrastrarme miserablemente a la biblioteca pública de la que soy asiduo para certificar mi derrota devolviendo el susodicho libro, decidí variar de lecturas hasta recuperarme del coñazo sufrido. Y así he llegado a la sección de ensayos históricos, y no he podido resistirme.
Santiago Carrillo escribe en "Juez y parte" su visión acerca de quince personajes capitales antes, durante y tras Franco (este incluido, por supuesto). Aborrezco a Carrillo, no lo puedo evitar, pero a la vez me genera respeto. No es que sea bipolar. Parto de la base de que, aunque no practique, me inclino al liberalismo conservador. Nunca he entendido el apoyo popular a la izquierda en general, y al socialismo en particular. Me parece una tomadura de pelo de proporciones homéricas.
El libro de Carrillo prometía ser un caramelo, y no me ha defraudado. Aunque sea contradictorio siempre he tenido una tremenda debilidad por la izquierda de verdad. Así, a pesar de mi defenestración a todo el PSOE español, que desde su orígenes con Pablo Iglesias fue revolucionario, ladino y usurpador, otras formaciones como el PC o IU me provocan algo así como ternura. Espero que nadie se tome esto como un comentario peyorativo. Quizá me engañe, pero Llamazares, por ejemplo, siempre me dio la sensación de creer sinceramente en lo que decía.Eso es muy de respetar auqnue opines lo contrario, ¿no?. Con Santiago Carrillo no puedo llegar a derrochar tanta puerilidad puesto que el episodio de Paracuellos del Jarama no ha llegado a estar del todo claro ¿fue responsable directo de las muertes de civiles que se produjeron allí?. Pero me estoy yendo por las ramas.
El libro, aunque lógicamente sesgado y manipulado a veces de manera muy sutil ( como en el repaso que hace de José Primo de Rivera, fundador de la falange, sí, pero intelectual caído por sus ideales) tiene en otros momentos en errores de bulto: la caricatura de Franco, que más que un dictador fascista parece la bruja de Blancanieves o los almibarados elogios al rey, siendo él convencido republicano.Cosas así merman la credibilidad del libro, a pesar de su manifiesta intención de ser lo más objetivo posible
He aprendido muchas cosas y he visto a las figuras históricas con otros ojos. Me hace gracia como pone de vuelta y media a González , aunque la crítica se le queda tibia visto el personaje.
Todo esto está muy bien, sin duda, pero la verdadera guinda del pastel, de dónde he sacado yo más jugo con la lectura, ha sido en un hecho que comenta casi de pasada, y como clarísima justificación a su proceder ( el suyo, el de UGT, el del PSOE, el del PCE...). Se trata de un argumento del que jamás había tenido noticia. Desde que tengo uso de razón, las izquierdas españolas han condenado a Franco por considerarle fascista (lo cual es estrictamente cierto) abanderándose como adalides de la democracia (lo cual es estrictamente falso, por orígenes, actuaciones y planteamientos tanto éticos como ideológicos, al menos en la época anterior a la Guerra Civil). Llevo más de veinte años escuchando que la sublevación del frente nacional de Paquito supuso un atentado contra una república legalmente establecida y un gobierno elegido democráticamente : FALSO.
Aunque no es la primera vez que he leído algo relacionado con la ilegalidad del gobierno de Azaña y Largo Caballero, ciertamente sí es la primera en que esto es reconocido por un autor de izquierdas. En esta merienda de negros que es España, uno nunca puede estar seguro de nada, sin duda. Aquí cada cuál cuenta la historia cómo le parece. Y luego se desdicen sin problemas.El caso es que uno nunca sabe a qué atenerse, y con el tiempo me está entrando verdadera paranoia acerca de la veracidad de la información
Según Santiago Carrillo, las izquierdas boicotearon a sabiendas el nuevo gobierno que debía formar la CEDA y se hicieron con el poder en el año 1933, afirma, debido al justificado miedo de que la CEDA siguiese el ejemplo alemán de Hitler y montase una dictadura que a la fuerza había de importar el modelo fascista europeo. Todo hacía presagiar que así ocurriría, y de hecho no le quedan motivos de duda hoy en día de que esa era la intención de la derecha más reaccionaria. Interesante, ¿no creen?. Quizá sea una justificación trillada, lo desconozco, pero a mí me ha dejado in albis.
¿No resulta irónico, tomando como ciertas las aserveraciones de Carrillo, que los intentos de las izquierdas para sublimar la democracia y alejar el fantasma fascista de España les hicieran pisotear a la primera dando motivos y escusas a las derechas para apoyar a Franco?
Sólo puedo llegar a esta conclusión: la guerra civil tuvo vencedores y vencidos, pero desde luego, ni héroes ni demonios. Podemos agradecerles a todos por igual que sus odios, inquinas, envidias, estulticia y desmedidos egos nos llevasen a matarnos unos a otros. ¿Franco, majete?Claramente no. Sin duda alguna pasó a cuchillo a muchos de los que se le enfrentaron y acojonó a los que quedaron vivos; en cualquier caso afirmar que Franco fue un dictador sanguinario no significa que no se pueda afirmar igualmente que los dirigentes de izquierdas fueron tan sanguinarios y sectarios como las derechas, con el humillante agravante de su manifiesta incompetencia para defender el poder en el que se había atrincherado por cojones o por influencias, pero sin duda no por el voto del pueblo.